Iglesia de San Francisco, Cité Adriana Cousiño y Vista a los Andes

Este post es como el primero que escribí. Porque ha pasado mucho tiempo desde el último. Y lo comienzo como un símbolo del comienzo de mi nuevo año creativo 2019. Y justo a raíz de un trabajo comisionado. Una obra de tamaño pequeño, aprox. A4, que estoy haciendo para un matrimonio de ingleses que tuve de turistas hace poco. Estuve con ellos varios días. Fuimos a Valparaíso, acá en Santiago, a las viñas de Casablanca y al Embalse EL Yeso. Gente maravillosa ellos, fuimos estableciendo una relación tan armoniosa como cómplice. Me aconsejaron mucho acerca de este, mi emprendimiento creativo. De cómo desarrollarlo más y justamente en el área del turismo. Estoy avanzando en ese proyecto pero mientras, comencé a trabajar en su obra. Querían una obra que les recordara los lugares que más les gustaron de Santiago y eligieron dos: La Iglesia de San Francisco y el Cité Adriana Cousiño en Barrio Yungay. El tercero me lo dieron a elegir a mi y como símbolo de Santiago elegí la vista hacia la Cordillera de los Andes desde el mirador del San Cristóbal: la Terraza Bellavista. Como esas obras las había hecho en el pasado, armé un collage en el computador y con algunos puntos de referencia para después dibujar a mano la obra. Pues ellos compraron un original no un impreso así que lo estoy “redibujando”.

Ha sido mi primer paso de vuelta en el arte luego de un año emocionalmente muy movido. Han pasado muchas cosas en mi vida y cuando está tan turbulenta mi creatividad se estanca. La creatividad relacionada con el arte, por lo menos. He estado alejada de los lápices y las croqueras. Creo que esto empezó con la muerte de mi padre. A pesar de estar preparados por su enfermedad, las cosas se complicaron con su partida para la familia y todo se fragmentó. Aunque pensé que eso no me afectaba veo que sí me afectó en la creación, pues hoy es como partir de nuevo, tratando de encontrar la pasión que alguna vez tuve. Es fuerte decirlo. Se asume que los pintores amamos tanto lo que hacemos que simplemente no podemos vivir sin eso. Si bien eso es cierto (todos mis intentos de dedicarme exclusivamente a otras cosas han sido siempre acompañados por unos deseos profundos de agarrar los pinceles). Cierto. No podemos vivir sin crear pero a veces la creatividad es una pesada carga. Nuestras mentes divagan constantemente. Soñamos despiertos. Tal vez más que dormidos. Y la creación y el drama no permanecen sólo en el lienzo o en el papel. Se meten con nuestras vidas. La vida nos duele por estar tan expuestos a nuestras fluctuaciones emocionales. Creamos desde nuestras emociones pero uff, a veces agarran carrera propia. Y bendito sea, como lo simple tampoco va con nosotros, nos ponemos desafíos. El mío fue la acuarela.

En medio de todo eso me dio por practicar en la zona que más me costaba. Me refiero a la pura, solita, sin dibujo a tinta que es mi zona de comodidad. Sola sola me agotó. Aunque me encanta, debo decir que pasa a ser un medio por el medio. El engolosinamiento con una técnica per se. Por algo los pintores que usan la acuarela no se llaman pintores sino se dicen acuarelistas. La técnica por sobre el contenido, por sobre el mensaje. Y siento que como me costaba, a pesar de haber avanzado, me sentía insatisfecha. En mi medio natural que es el dibujo con o sin color de acuarela, es lo que quiero decir o retratar lo importante. No me preocupo de cómo saldrá el dibujo. SE que saldrá bien. Cuando me hablaban en la calle, mientras dibujaba y me decían: “está quedando bien”, mi respuesta sincera y sin afectación o ego era: “SI, lo está”. Con absoluta seguridad. Y cuando me decían: “que le quede bien”, yo contestaba muy segura, sin duda alguna: “Obvio que quedará bien”. No había discusión. Si el motivo era bello (y tenía que serlo, si no lo hubiese sido no habría capturado mi atención y no lo hubiese estado dibujando), yo sólo tenía que ponerme delante y capturar lo que veía, sin esfuerzo, sin tratar, sin controlar. Sólo estaba retratando algo bello por lo tanto quedaría bello. Así de simple. Me había olvidado que mi interés inicial por el dibujo, es una forma de vida. Una forma de ver el mundo. De sacralizar los momentos cotidianos. Quiero que el dibujo vuelva a ser parte de mi vida en forma natural. Quiero reencarnarme con el papel y el lápiz. Y volver a recorrer estas calles de Santiago y maravillarme con sus habitantes y sus lugares. Esa pasión que he aplastado durante un buen tiempo porque la vida “me ha pasado”. Así que este post con un dejo amargo es sin embargo un renacimiento para mi creación. Entonces estoy haciendo este “collage” pintado de esos tres puntos de Santiago que amé mientras los dibujaba. Y recuerdo la pasión con que lo hice. Eso ya es una sanción.

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